Por la mañana mientras desayunábamos, la observaba sin que ella se diera cuenta. Tenía movimientos torpes, imprecisos, y su mente parecía estar en cualquier lugar.
- ¡Alicia!
Ella volcó de un sobresalto el café con leche que se estaba enfriando en su taza. Y me quedó mirando fijo y con una respiración agitada como si hubiera corrido una maratón.
- Me asustaste. ¿Qué pasa?
- Eso mismo. ¿Qué pasa?
- Nada. No vuelvas a asustarme.
Se levantó apresurada. Tomó su cartera y sus llaves, y salió.
Me acerqué a la ventana y la vi caminando pensativa. Algo debía molestarla. No suele comportarse así. De los casi 6 años que estamos conviviendo nunca actuó de esta manera. Cuando se perdió de mi vista. Como un torpedo, agarré mi abrigo, mis llaves y salí detrás.
"Los sabios heredarán honra, más los necios llevarán ignominia"
(Proverbios 3:35)
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martes, 11 de abril de 2017
viernes, 30 de diciembre de 2016
La Extraña #2
- ¿Quien era? - Le pregunté, con el corazón martillandome percibiendo que algo malo estaba por suceder.
- Creo que debían estar haciendo una broma o esas estafas que suelen hacer por teléfono.
Mientras me hablaba sonaba creíble lo que me contaba, pero a la vez percibía que algo malo me ocultaba. Sus ojos brillaban con una intensidad que nunca había visto. Siempre se mostró tan segura y determinante en todo, y ahora parecía una lauchita blanca que está a punto de ser devorada por una serpiente.
Colgó el teléfono, y me regaló una sonrisa para que olvidara el asunto. Cuando se me tendió y me rodeo con sus brazos, lo logró. Nos encontramos un beso, largo, pero ella extrañamente cerraba sus labios y me impedía que la bese con la lengua. Cuando finalizamos el beso, solo dijo...
- Vamos a dormir.
Le seguí la corriente. Ella fue hacia el baño, y yo me dirigí al dormitorio. Ahora confirmaba que a ella le pasaba algo.
- Creo que debían estar haciendo una broma o esas estafas que suelen hacer por teléfono.
Mientras me hablaba sonaba creíble lo que me contaba, pero a la vez percibía que algo malo me ocultaba. Sus ojos brillaban con una intensidad que nunca había visto. Siempre se mostró tan segura y determinante en todo, y ahora parecía una lauchita blanca que está a punto de ser devorada por una serpiente.
Colgó el teléfono, y me regaló una sonrisa para que olvidara el asunto. Cuando se me tendió y me rodeo con sus brazos, lo logró. Nos encontramos un beso, largo, pero ella extrañamente cerraba sus labios y me impedía que la bese con la lengua. Cuando finalizamos el beso, solo dijo...
- Vamos a dormir.
Le seguí la corriente. Ella fue hacia el baño, y yo me dirigí al dormitorio. Ahora confirmaba que a ella le pasaba algo.
sábado, 23 de julio de 2016
La Extraña #1
Ella era distinta. Era fuego y hielo a la vez. A veces, me derretía con su mirada. Otras, me enviaba al lugar más oscuro que pudiera imaginar. Simplemente creía conocerla, pero varias veces me había pasado que estuviera frente a una persona completamente extraña.
Una noche que habíamos salido a cenar a un tranquilo restaurante del centro, le propuse caminar un rato. Al comienzo como que no le agradó mucho la idea, pero un poco a regañadientes aceptó. Pero algo parecía incomodarla y hasta asustarla, porque mientras caminábamos y hablábamos, ella no dejaba de mirar hacia los costados y a veces hacia atrás. Cuando llegamos a una esquina, nosotros nos disponíamos a cruzar y se escuchó una frenada aguda, con un chirrido molesto. Era un taxi que venía a gran velocidad y la luz roja lo sorprendió por completo. Ella parecía que se moría del miedo.
Una vez que volvimos al departamento, mientras me sacaba el saco y me desabotonaba la camisa, me dirigía a la cocina, el teléfono comenzó a sonar. Ella atendió, y a los segundos, su rostro reflejó un pánico atroz, que enseguida me puso alerta.
Una noche que habíamos salido a cenar a un tranquilo restaurante del centro, le propuse caminar un rato. Al comienzo como que no le agradó mucho la idea, pero un poco a regañadientes aceptó. Pero algo parecía incomodarla y hasta asustarla, porque mientras caminábamos y hablábamos, ella no dejaba de mirar hacia los costados y a veces hacia atrás. Cuando llegamos a una esquina, nosotros nos disponíamos a cruzar y se escuchó una frenada aguda, con un chirrido molesto. Era un taxi que venía a gran velocidad y la luz roja lo sorprendió por completo. Ella parecía que se moría del miedo.
Una vez que volvimos al departamento, mientras me sacaba el saco y me desabotonaba la camisa, me dirigía a la cocina, el teléfono comenzó a sonar. Ella atendió, y a los segundos, su rostro reflejó un pánico atroz, que enseguida me puso alerta.
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